domingo, 14 de septiembre de 2008

¿Estresada yo?


Uno no es nadie en la vida hasta que contrae un buen estrés. El estrés es símbolo de estatus social: significa que somos gente muy ocupada, apreciada, estimada y que vale mucho. Como el mundo no puede prescindir de nuestra incesante actividad, de nuestra gran creatividad, como el mundo se hunde si no producimos, trabajamos de modo incansable, almorzamos con gente importante, cenamos con gente más importante todavía, hacemos viajes de negocios, tenemos la agenda repleta, como somos imprescindibles, contraemos un estrés.

El estrés es como la tarjeta de crédito: significa que valemos. Es la marca de nuestro éxito: tenemos muchas ocupaciones, no disponemos de un minuto libre, nos asedian las demandas. El estrés nos llena de prestigio; es la prueba de nuestra buena integración en el mundo contemporáneo, en la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Sin estrés, somos unos fracasados: tenemos tiempo libre, es decir; tiempo improductivo. Si el tiempo se mide en rendimiento y en actividad, disponer de tiempo libre quiere decir que nos hemos descolgado (o nos han descolgado) de la cadena de productividad: somos unos marginados, unos prescindibles.


Del mismo modo que la prueba del triunfo en la vida es el apartamento nuevo, el auto último modelo, la ropa del diseñador de moda y el flamante electrodoméstico, el estrés es el sello de que hemos conseguido el éxito.


La cura del estrés, por otra parte, también se distingue por su prestigio: un balneario caro y discreto, una semana en Hawai, quince días en una clínica suiza. El estrés es una enfermedad que no debe prevenirse (porque evitarlo sería el fantasma de nuestro fracaso social) sino contraerla, para demostrar nuestro éxito profesional, y luego curarla con remedios caros y sofisticados. El estrés, por lo demás, nunca debe curarse definitivamente: hay que contraerlo otra vez, luego de un período de reposo.

Las enfermedades tienen poco prestigio social o todo lo contrario. En el siglo XIX, la tuberculosis era la enfermedad romántica de los bohemios, y uno no podía ser un buen poeta sin toser, ni un músico de genio sin escupir sangre. En este incipiente siglo XXI, el estrés es la enfermedad de mayor prestigio social: sólo la tiene la gente de éxito. Además, no se contagia, como el triunfo: es completamente personal, depende de nosotros mismos. Existimos, luego tenemos estrés. Hay que conseguirlo como sea.

Cristina Peri Rossi. (escritora uruguaya)

3 comentarios:

  1. jajajaj . Maru, buenísima entrada, qué razón tienes. Somos así de absurdos...
    Un beso, mi niña
    Natacha.

    ResponderEliminar
  2. Que gran verdad. Que complejos que somos los humanos.

    ResponderEliminar
  3. muy interesante este articulo, gracias por pasar po el blog, seguimos visitandonos

    saludos desde mexico
    carlos

    ademas... esos tres puntos dicen mucho, lo tendrñe en cuenta

    besos

    ResponderEliminar

El alma se alimenta de palabras, y tus palabras son muy importantes para mí. Déjame algunas y seré muy feliz.