
Ésta es la primera vez que paso el Día de la Madre, sin mi madre y sin mis hijas. No recibiré besos, abrazos ni desayuno en la cama. No abrá ida donde mamá para juntarnos todos y celebrar, hablando todos al mismo tiempo y armando la batahola que armábamos siempre.
Esto me causa tristeza.
Pero me inventaré una caja de voces, encontraré una risa de piedrecitas de oro contra el vidrio de mi ventana. Y unas palabras que me dan besitos en las mejillas: feliz día mamita, y me enrolla la tibieza de sus voces en la cabeza, como la toalla de secarme el pelo...
A veces abriré la caja de voces y saldrán todas juntas, mezcladas, apuradas, como si se hubiese roto un panal y las abejas se dispersaran, pero cada una va a su lugar de la foto en donde está su dueño, y allí se vuelven delgadas, dulces o románticas, aniñadas o maduras... y son las voces de todas las personas que pasaron por mi vida y me dejaron algún mensaje para recordar.
Son los cuentos, los cantos, los retos, los murmullos, las confidencias, las risas, son las penas, los llamados, las conversaciones con el espejo... son los grillos de la suerte, la arena del verano.
Hoy no estoy con ustedes, hijas, ni estoy contigo, madre, pero en esa caja de voces las llevaré pegadas a mi corazón y podré destaparla cuando quiera y sentirlas muy cerquita de mi corazón.
Las amo.
Maru









































