Tenía apenas cinco años cuando el suelo se le fue de debajo de los pies.
Que su historia le recuerde a cada uno y cada una de nosotros:Las locuras de Maru Lulú Rulitos
Tenía apenas cinco años cuando el suelo se le fue de debajo de los pies.
Que su historia le recuerde a cada uno y cada una de nosotros:Cuando Steven Spielberg buscaba al protagonista para su monumental película de 1993, La lista de Schindler, se encontró ante un dilema. El papel de Oskar Schindler —una figura compleja y contradictoria que salvó a más de 1,200 judíos durante el Holocausto— exigía a un actor capaz de encarnar, al mismo tiempo, codicia y gracia moral.
Se barajaron nombres enormes. Incluso se consideró a Harrison Ford, pero Spielberg lo descartó: su celebridad podía desviar la atención de la verdad histórica que la película quería contar.
La búsqueda terminó con alguien que, entonces, no era una estrella de renombre: Liam Neeson, un actor de teatro con papeles secundarios en cine y televisión.
Su audición, según cuentan quienes estuvieron allí, fue una revelación.
No ganó por pulcritud técnica, sino por una honestidad emocional desnuda, algo difícil de fingir. Spielberg vio en sus ojos exactamente lo que necesitaba: la mezcla improbable de un hombre poderoso que, sin embargo, podía derrumbarse por el peso de su propia conciencia.
Esa confianza depositada en Neeson se convirtió en la base de una de las interpretaciones más inolvidables del cine moderno.
Un héroe imperfecto, como lo fue en la realidad
La película no presenta a Schindler como un salvador desde el inicio.
Históricamente, Schindler fue un empresario oportunista que vio en la guerra y en el régimen nazi una oportunidad para enriquecerse. Neeson interpreta con maestría ese comienzo: un seductor elegante, bebedor, pragmático, cuyo foco es el dinero, no la moral.
La genialidad de su actuación reside en mostrar una transformación lenta y dolorosa, sin golpes de efecto, sin dramatismos artificiales.
Cada gesto, cada silencio, cada mirada perdida son pequeñas grietas en su indiferencia inicial.
La niña del abrigo rojo: un símbolo, un despertar. En la famosa escena de la liquidación del gueto de Cracovia, Schindler observa a una niña pequeña caminando en medio del caos, vistiendo un abrigo rojo.
Spielberg usa el color —único en una película en blanco y negro— como un recurso cinematográfico, no histórico, para representar la ruptura emocional del personaje.
No fue un acontecimiento literal, pero simboliza algo profundamente real: el momento en que Schindler deja de ver “mano de obra” y comienza a ver vidas humanas irreemplazables.
Ese instante divide su existencia en dos: el empresario que lucra y el hombre que decide arriesgarlo todo para salvar a quienes están condenados.
La actuación contenida que hizo historia
Neeson dio vida a este vuelco moral con una dignidad silenciosa.
No necesitó discursos heroicos: bastaron los cambios en su postura, las dudas en su mirada, la vulnerabilidad que iba emergiendo bajo la fachada del hombre de negocios.
La famosa escena final, cuando Schindler se derrumba llorando, sigue siendo uno de los momentos más devastadores del cine.
Rodeado por quienes logró salvar, no celebra nada. En cambio, se atormenta por lo que no pudo hacer:
“Podía haber salvado a uno más… uno más.”
Neeson confesó más tarde que filmar esa escena lo dejó exhausto física y emocionalmente.
El peso de la historia real, de las vidas que dependieron de Schindler, había borrado por completo la línea entre actor y personaje.
Una obra que trasciende el cine.
La lista de Schindler demuestra que, en los capítulos más oscuros de la humanidad, la redención puede venir de los lugares más inesperados y de personas profundamente imperfectas.
La película —fiel al espíritu de los testimonios históricos— nos recuerda que el heroísmo no siempre nace del deber, sino del momento en que alguien decide que la compasión importa más que la conveniencia.
En un mundo que aún lucha entre la ganancia y la humanidad, la historia de Schindler —y la interpretación de Neeson— nos ofrecen un recordatorio urgente:
La vida humana siempre pesa más que el beneficio.
La compasión siempre debe vencer a la indiferencia.
Saludos
Buscando salir de mi casa, de mi rutina, de mis obligaciones, del estrés de mi vida, me he apuntado a un Club de lectura. Es la mejor decisión que he tomado.
En septiembre leímos el libro La vegetariana, de la Premio Nobel 2024, Hang Kang. Un libro intenso, que realmente te vuela la cabeza, donde podemos asistir a la metamorfosis de una mujer que decide tomar decisiones radicales y es realmente para hacer pensar muchas cosas.
No sé si alguien se ha enganchado a los kdramas coreanos, también hay japoneses, chinos, tailandeses, etc. Todo el mundo asiático tiene una industria poderosa, aunque ninguna ha alcanzado los niveles de Corea.
El boom de los kdramas se refiere al aumento de su popularidad a nivel mundial, especialmente a partir de la década de 2010. Este fenómeno, conocido como "Hallyu" o la ola coreana, ha llevado a que series coreanas como "El juego del calamar", "La reina de las lágrimas", "Goblin" , "My dearest" "Mr. Sunshine" y la que rompió records este año "Si la vida te da mandarinas" y muchas más alcancen audiencias masivas en diferentes países.
Servicios como Netflix, Viki otros han facilitado el acceso a audiecias internacionales, permitiendo la difusión masiva de estas series.
Los kdramas suelen presentar tramas bien elaboradas, personajes con los que se puede empatizar, temas universales como el amor, la amistad y la superación personal, lo que genera una conexión con espectadores de diversas culturas. Las históricas son espectaculares, siendo fieles a la época en que están basadas, con escenarios, vestimenta y personajes muy acordes a la historia.
Los kdramas se caracterizan por su alta calidad de producción, incluyendo la actuación, el vestuario, el maquillaje y la cinematografía, lo que los hace visualmente atractivos.
Gracias a estas producciones, muchos actores se han convertido en semidioses para muchos, rayando el fanatismo.
También los idols del kpop han alcanzado fama mundial masiva; el más famoso es BTS, que traspasa países, culturas, edades, sexo. Con sus bien organizados fans, llamados ARMY, han sido todo un fenómeno, y para qué hablar de la fortuna que han amasado.
Yo empecé a ver kdramas en la pandemia, y realmente me sorprendieron. Me gustó que no hay sexo explícito, violencia extrema, drogas, etc. Por supuesto hay producciones que son trhillers, suspenso, intrigas, etc. Y también hay con clichés de Cenicienta, de enemigos que se enamoran, traumas, relaciones familiares, viajes en el tiempo, etc. De todo pues, pero se van cocinando a fuego lento. Así como hay muy buenas, hay algunas que no valen la pena.
En fin, me gustan, me entretienen y a veces me sorprenden y me emocionan.
Lo explico lento. Uso las palabras correctas. Hasta hago el gesto de un cafecito invertido. Deslizo una sonrisa para generar empatía.
Y sin embargo, gotas.
Una taza de café con una gota de leche flotando como si se hubiese caído por error.
Como si no me perteneciera. Como si alguien hubiese dicho: "pon menos de esto, no se va a dar cuenta" Obvio que me voy a dar cuenta. Amo el café. Lo conozco más de lo que él se conoce. Sé cuándo está quemado, cuándo está incómodo y cuándo lo revolvieron con desgano.
Pero bueno, me lo tomo igual. Porque discutir por un café mal entendido requiere más energía que tomarlo mal servido. Además, si el café no sale como espero, al menos que salga una buena historia.
Esas pequeñas derrotas que acepto con dignidad -como tomar lo que pedí sin chistar- también son historias. Y en una entendí que hay momentos que no cambian nada, pero si lo cuentas bien... pueden sacarle una sonrisa a alguien. A veces, incluso a ti.
Y lo más lindo es que siempre aparece alguien que se ve reflejado y salga con un "a mí me pasa lo mismo". Que pide queso crema y le traen mantequilla. O la dona equivocada. Historias mínimas, sí. Para escribir no hace falta una vida épica, alcanza con prestar atención y tener dónde anotar.
Así nace uno de los ejercicios más entretenidos: escribir cosas que solo tú podrías contar. Y eso apenas es el comienzo. Hay más. Mucho más. Algunos temas te van a hacer reír, otros pensar, otros emocionar... y varios, todo al mismo tiempo.
Lo que me quieras decir, dímelo ahora
Luego mis oídos se cerrarán para ti
Déjame mirarte antes de que mis ojos
Se cierren para ti
Se vuelvan amargos para ti
Déjame tocarte antes de que mis manos
Se vuelvan garras para ti
Déjame hacerte el amor antes de que mi cuerpo
Se vuelva prohibido para ti.
Porque ahí, sólo ahí,
Sabré si eres mío,
Sabré si soy tuya.
Si no le tuviera miedo a las alturas, me tiraría en paracaídas y volaría en un globo aeroestático.


Me declaro obligada a respetar a todos y a cada uno de los seres que habitan esta tierra.
Me declaro con todo el derecho a marcar cuál será la distancia entre esos seres y mi persona.
Gracias al sol por envejecer cada tarde entre sus montañas, al agua por correr en diques que buscan caminos donde separar campos y regarlos con afecto, al viento por llevarme hasta los buenos sentimientos de buenas personas.
Mirando hacia la oscuridad o dentro de ella, Ana se preguntaba ¿hasta dónde y hasta cuándo decir no?, sentía que poner un mar o un metro de distancia era demasiado complicado y era una decisión de costos y de pérdidas y éstas han sido siempre tan dolorosas, tan grises y una carga muy pesada de llevar. Pero, permitir que todo lo propio se extraviara, que la sonrisa y su voz cantora se apagara era también un peligroso viaje al abismo.
Finalmente se quedó dormida, y al comenzar la mañana, cuando la luz del día es más bien azul, se puso de pie, ordenó sus cosas y decidió que le ponía punto final a esta etapa de la vida para iniciar otra, para atreverse de nuevo y para intentar recuperar la libertad perdida, pero eso le generaba mucho miedo... y se fue buscando una historia que le permitiera decirse a sí misma que el cambio de ruta era posible y que aún no tenía un mapa que le ayudara a emprender nuevos pasos... sin culpas.
Una amiga de Ana, un poco loca y con afán de escritora, le decía que el tiempo y la distancia curan todas las heridas, y aunque era consciente de que era algo más que eso, no podía evitar pensar que Ana en su encuentro debía afrontar las dudas, las certezas, los encuentros y desencuentros, dejarlo fluir y dejarse ser.... la felicidad es una actitud y aunque no siempre resulta fácil asumirla depende de lo que intentemos hacer y de las cosas que queremos ser.
-Ana, la felicidad no puede ni depende de si nos equivocamos en el camino de este arte que es vivir, depende de que amemos lo que tenemos , lo que es posible y también de amarnos a nosotras mismas...
Sin culpa Ana, sin culpa.
(Para Ana, en su afán de independencia, - 1996 – nunca supe si lo consiguió)