martes, 17 de marzo de 2026

Los tiempos que corren





Estamos en un punto donde la tecnología corre a una velocidad que nuestra biología no alcanza a procesar.

El ruido y el silencio

Vivimos en la era de la "hiperconectividad solitaria".  Nunca hemos tenido tanto acceso a la vida de los demás y, sin embargo, nunca nos hemos sentido tan poco vistos.  El mundo hoy es un bombardeo constante de estímulos que nos obligan a opinar de todo, a estar en todas partes y a producir sin parar.  En ese ruido, el silencio se ha vueto el lujo más caro del siglo XXI.

La nostalgia de lo real

En un mundo donde la inteligencia artificial puede imitar una voz, un rostro o un cuadro, hay un hambre creciente por lo auténtico:  buscamos el error humano, la imperfección de una cerámica hecha a mano, el roce del papel o una conversación cara a cara sin pantallas de por medio.

Estamos aprendiendo, a golpes de realidad, que lo digital es eficiente, pero lo físico es lo que nos nutre el alma.

El tiempo se siente distinto

Parece que el tiempo se ha "encogido" .  La sensacíón de que los meses vuelan no es sólo una percepción personal;  es que el ritmo de la información nos ha quitado la capacidad de asombro.  Pasamos de una tragedia a un meme, y de una innovación a una crisis en segundos.  Esa falta de pausa nos está obligando a preguntarnos: ¿Qué es lo realmente importante?

Una brújula interna

Lo que el mundo vive hoy es, en esencia, un periodo de instropección forzada.  Ante la incertidumbre de afuera, nos vemos obligados a buscar certezas adentro.  Ya no buscamos "tener" más, sino "ser" de una manera más consciente: cuidar nuestra alud mental, valorar a quienes amamos y entender que, aunque el planeta sea inmenso, nuestra verdadera patria es el presente.

ESTAMOS EN EL AMANECER DE ALGO NUEVO, PERO TODAVIA TENEMOS LOS OJOS CANZADOS DEL AYER.

martes, 3 de marzo de 2026

Niñez



Yo también tuve 4 años.  

Crecer fue aprender que el mismo sol que iluminaba las tardes de juego, me podía quemar si me quedaba mucho tiempo en él.

Mi niñez no fue una línea recta llena de alegrías, sino un tejido de hilos de seda y cordeles ásperos; una mezcla dulce y amarga que terminó por bordar quién soy hoy.

El amor de mi padre era como una habitación con el techo muy bajo:  podía estar a salvo del frío, pero nunca podía ponerme de pie por completo.

Mis emociones siempre fueron reprimidas:  frases como "cállate y escucha" o "aquí se hace lo que yo digo" me enseñaron que mis sentimientos eran un estorbo para el orden establecido.

Para la mayoría, derramar un vaso de leche es un accidente.  Para mí, el error no se corregía, se castigaba.

Crecer así fue  como caminar siempre sobre una capa de hielo muy fina:  nunca sabes qué paso será el que la rompa.
Es crecer en un estado de alerta permanente.

Hoy, que soy adulta e independiente, me doy cuenta de que pensaba que al padre hay que quererlo sólo por el hecho de serlo.  Pero ahora sé que el cariño y el respeto hay que ganárselo.  Y mi padre no lo hizo.

Hoy, viejo como está, no cesa en sus reproches, insultos y enojos sin justificación.  No vivo con él, pero cuando visito a mi madre (que es por lo que voy), me doy cuenta de que no ha cambiado ni lo hará, porque cree que siendo así tiene el poder sobre mí.

Pero lo bueno de todo esto, es que no es así.  Ya no puede hacerme daño y, aunque me costó, hoy vivo en paz.  Hoy me elijo en primer lugar.  Hoy soy lo que quiero ser.  Hoy no transo mi salud mental.

Hoy, que estoy a punto de cumplir un año más, he cortado relaciones, como dije, por mi salud mental.

No soy desagradecida con lo bueno que me otorgó: estabilidad económica y  educación, donde más me exigía.  Eso me hizo una mujer autónoma, profesional y culta.  Pero no recomiendo los métodos, el miedo no es forma de educar.  

Yo elegí no seguir el patrón con mis hijas, que igualmente son educadas, profesionales y cultas.  E infinitamente más felices.

(Un desahogo por el último desagravio que sufrí por su parte)